Otro café más contigo… comercio justo

Otro café más contigo… comercio justo

Un café con reencuentros.

Otro café más contigo…

Hace ya algunos días que volví de mis andanzas fuera de mi ciudad y hoy toca reencontrarse con ella. Pero para reencontrarse hace falta perderse antes, y por ello hoy me he dejado llevar por mis pies y he recorrido las entrañas de la ciudad en busca de ese silencio cómplice, conocido y tan familiar para mi. Curiosamente lo encontré, lo disfruté y continué mi marcha en busca de lo que había perdido, un nuevo rumbo hacia algún destino distinto donde mi sed de café se calme.

En nuestra ciudad parece que nada cambia, pero cada vez que la miro, quizás sea yo el diferente. Y hoy ya estoy delante de una nueva taza de café, pensando en que la última vez que observé este mismo cielo también fue porque parecía lo único que podía despejarme la cabeza. Entonces reparo en ella. Eso me gusta.

Parece cansada. Lleva en los ojos conflictos de todo tipo, de los que se curan, y de los que no. Las ojeras ya forman parte de su rostro, y desprende una sonrisa cansada de sus labios. Parece que también le gusta el café. Veo de reojo sus movimientos, cómo gira la taza, cómo se mesa el pelo, como parece no querer estar aquí, ni saber dónde querer estar. Sé lo que es.

Me gustaría decirle que no debe temer al cambio, ni a la pérdida. Que todos somos supervivientes, y sólo tenemos una posibilidad entre cien de ser como esos melancólicos personajes de los libros que se quedan atrapados en un momento de su vida y jamás pueden recuperarse. Que sólo tenemos una posibilidad entre cien de que sea nuestra existencia la que haga ver a otras personas que la nostalgia y la melancolía son románticas, pero también venenosas.

Doy un sorbo al café. Ella también. Nos hemos quedado observando el cielo de nuestra ciudad, pero sé que algo nos une. Sé que tiene miedo por las decisiones que ya debería haber tomado, por las cosas que ya debería saber, por cómo su mundo está atravesado por caminos ya trazados mientras que ella aún sostiene su taza de café caliente sin saber a dónde dirigir el suyo.

Miedo al dolor, al vacío, a decepcionarse a sí misma. Le falta arrojo, confianza y decisión, esas cosas que muchas veces se tienen sin más, pero que se pierden muy fácilmente. Pero sólo mirándola algo me dice que puede, que tengo las palabras perfectas para dibujar una sonrisa en su rostro y que recupere todo lo que ha perdido.

La miro. Me mira. Sonreímos. Apartamos a un lado la taza de café, y me quedo observando al espejo. Esa parte de mí que puede rescatar al resto me mira a los ojos. Ese reflejo que podría salvarnos a los dos de la nostalgia y la indecisión me está pidiendo a gritos que me crea todo lo que he dicho. La sonrisa se apaga. Le doy el último sorbo al café ya frío.

Pero no importa. Tengo muchos cafés por delante, y noventa y nueve oportunidades entre cien de conseguirlo.

Cada persona es una historia y quizás no tengamos tiempo para todas ellas, así que creo que me regalaré tiempo para escribir y leer mi propia historia.

Quién sabe, lo mismo me reencuentro, así que voy a volver sobre los pasos dados hoy…

Del mismo modo que en la vida, en el trabajo, en el amor o en cualquier ámbito, si dais lo mejor de vosotros, al final siempre encontrareis ese lugar maravilloso donde os espera vuestra paz y vuestra calma y es entonces cuando descubriréis que merece la pena perderse para poder reencontrarse de nuevo. Aquel que olvida, tiene como único destino recordar. El que no quiere perderse de vez en cuando, olvidará quien es. Y si no os encontráis, regalaros cinco minutos, tomaros un café y ver que pasa luego…

Otro café más contigo…sólo eso.

Os animo a que lo intentéis.